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Mar del Plata,
Página web de la Revista Puerto, publicación independiente dedicada al sector pesquero.
 
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 28/07/2010
El hombre que cambió la pesca marplatense (argentina)
José Greco fue uno de los transformadores de la industria pesquera local. De pescar en lancha y salar anchoita pasó a exportar merluza con una flota de 16 buques fresqueros. Su apogeo y caída en la antesala de la fiesta menemista en una charla llena de recuerdos.
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Por ROBERTO GARRONE | Fotos de DIEGO IZQUIERDO

Si la industria pesquera marplatense debiera resumirse en una película, José Greco tendría varias escenas protagónicas. A punto de cumplir 75 años (los festeja pasado mañana), vivió los primeros capítulos a pequeña escala, con lanchas de madera, capturando anchoita y variado costero; impulsó la transformación de la flota a la pesca específica de merluza, instaló el filet de hubbsi en el interior del país, abrió la exportación, compró barcos, integró empresas, fundó un banco y se fundió en poco tiempo, cuando las reglas económicas y laborales, dice, no lo acompañaron. Su quiebra hizo tanto ruido como la de sus paisanos, Paco Ventura o Mellino.

José Greco luce elegante sport en la mañana soleada del sábado que desvanece despacio la helada invernal. El barrio Los Troncos se despabila con letargo. El imponente chalet con amplio parque atestigua un pasado de bonanza. Ahora cuenta que debe seguir trabajando para vivir.

Se sienta en uno de los sillones del quincho y comienza a contar una historia con la seguridad de quien conoce todos los detalles y los ha repetido cientos de veces. No hacen falta preguntas, simplemente comienza...

“Soy de otra época, de calles de tierra en el puerto, donde no había más de 200 casas bajas. Cuando era chico cazábamos perdices y liebres en lo que hoy es la zona de Edison y la 39. Imagínense…”

Nací en Rondeau 434, a 200 metros de la Iglesia Sagrada Familia. Vengo de una familia de pescadores. Mi abuelo es de Sicilia y luego de la primera guerra, cuando mi padre termina el servicio militar, no tenían para comer. El abuelo decide mandar a sus dos hijos mayores al exterior. Uno fue para Australia y mi padre vino para acá.

Mi padre ya era pescador cuando llegó a Mar del Plata y acá se radicaron muchos de la familia. Hay cuatro o cinco generaciones de primos hermanos casados. Mi padre era Sebastián Greco-Greco, pero cambia un Greco por el Puglisi, que era el apellido de la mamá de mi madre.

Recuerdo haber acompañado al banco a mi padre para enviarle dinero a la familia en Italia. 100 pesos, 150 pesos. Eran los primeros años del 40. Todos los meses enviaba dinero. Era mucho dinero. Calcula que pescando ganaba 2 pesos diarios en el agua.

REVISTA PUERTO: –¿Por esa época ya tenían el saladero de anchoita?

JOSÉ GRECO: –Sí, yo era chico. Funcionaba en un galpón, atrás de mi casa. Me levantaba e iba a trabajar en el saladero. Iba al colegio y cuando volvía, seguía trabajando. Era pequeño el saladero. El pescado pasaba por el garage. Tenía 150 toneles de vino, ahí se salaba. Eso fue hasta 1950.
Mi padre tenía diferencias con su cuñado, con mi tío, con el que compartían la lancha y no quiso ir más a pescar. “De esta forma evito que mis hijos vayan al mar”, me decía. A mi me gustaba el estudio, cursé hasta sexto grado con los curas. Cuando terminé la primaria, mi padre decidió no pescar más.
Antonio Expósito, que luego sería mi socio durante muchos años, le dice a mi padre que necesita a alguien que le compre pescado en Mar del Plata y lo mande en ferrocarril a Buenos Aires. Mi padre no sabía leer ni escribir… Entonces me pide que lo ayude. Yo no quería, porque tenía ganas de estudiar, hacer la secundaria.
En esa época había un solo colegio secundario, el Comercial. Para entrar era muy difícil. Mi padre conocía al cura párroco, al comisario, al intendente. Me acomodan y consigo un banco. Pero no entré. Mi padre me dijo: “A partir de este momento usted irá a la escuela de la calle”. Ahí arranqué. El 2 de enero de 1950, el año del Libertador San Martín.

RP: –¿Cómo era la pesca en ese entonces?

JG: –Había unas 60, 70 lanchas que se dedicaban principalmente a la captura de anchoíta, caballa y algo de variado costero. Mi padre hizo siete lanchas desde que llegó al país. Todavía hay algunas que siguen pescando hoy en día. Lo que se pescaba y no tenía mercado, se mandaba a la harina. El besugo, la anchoa de banco, pescadilla, brótola… lo mandábamos al mercado interno, vía tren, que llegaba hasta el puerto. Lo mandábamos encajonado con barras de hielo. Todo el pescado entero. Acá había unas 60 empresas procesadoras, la gran mayoría de conserva. En nuestro saladero hacíamos filetes de anchoita y se mandaban a pizzerías.

RP: –¿Ya eran comisionistas de pescado?

JG: –Sí, comencé cuando tenía 15 años. Al principio nos manejábamos con el pescado de la lancha de la familia. En 1956 ya manejábamos lo que traían siete lanchas. Recibíamos una comisión por la compra y otra por la venta. Me tenía que parar en un cajón de manzana para que me vean en los remates.
Por esa época mi socio, junto con Di Leva y mi padre, compran el frigorífico “Frigocen”, sobre Champagnat, que en ese momento elaboraba carne vacuna y equina. Ahora lo manejan los chinos.
En ese entonces la merluza la pescaban unos 8, 10 barcos de la flota mercante del Estado, de unos 60 metros. Había otras flotas que también la pescaban, pero la descargaban en Buenos Aires en cajones de madera de 60 kilos. De esos buques no ha quedado ninguno.

RP: –Ustedes fueron los primeros que procesaron la merluza hubbsi.

JG: –Fuimos los primeros, pero nos costó mucho instalar el filet. Nos decidimos en el año ´57 a procesar merluza. Arrancamos con 21 cajones. Pero la gente no lo quería. Quien compraba pescado eran los gringos y los gallegos, pero ellos querían verle los ojos y las escamas para saber qué calidad tenían. Empezamos con los comedores, restaurantes y pescaderías y se fue instalando.

RP: –¿Por qué eligieron la merluza para industrializar?

JG: –Porque siempre había disponibilidad de pescarla. Te garantizaba cantidad, fecha y hora de producción. Salíamos el lunes y volvíamos el jueves. Descargaba y a la tarde volvían a salir y regresaba el lunes. El pescado estaba acá nomás. Y era un tamaño increíble. Nadie me lo cuenta, yo vi merluza que no entraba en los cajones. El tamaño del cajón se definió por la merluza a lo largo, no a lo ancho, como ahora. Llenabas 2 mil cajones en un par de días.
Primero el pescado iba al mercado interno. En cajas de madera de 14 kilos, a las que se enfriaba antes de mandar. Luego la caja pasó a pesar 20 kilos, con hielo arriba. Después de llegar a Buenos Aires comenzamos a trabajar para el interior. Córdoba, Rosario, Mendoza, San Juan. Para que te des una idea, para Semana Santa La Campagnola nos cedía frío porque no nos alcanzaba. Eran cientos de toneladas. Después llegaron Ventura, Mellino… la industria se tuvo que acomodar para adaptarse a este volumen. Ganamos mucho dinero, pero hubo que hacer muchas inversiones.

RP: –A partir de ese crecimiento del mercado es que deciden construir barcos.

JG: –A mediados de los ´60 necesitábamos aumentar las capturas porque el mercado interno lo demandaba. El filet ya se había instalado y la demanda era constante. Ya estaban Frigosur, Juan D´Ambra…Los mandé a construir en Buenos Aires. Los primeros fueron el Sant Antonino y el Santa Ana. Luego llegaron el “Don Segundo Sombra” y el “Martín Fierro”. De las lanchas pasamos a estos barcos de 20, 22 metros, con una capacidad de entre 1.500 y 2.000 cajones. Creamos la empresa “Esdipa”, que estaba dentro del puerto y se encargaba de la flota.

RP: –¿Cuándo fue que pegan el salto al exterior?

JG: –Eso fue en 1969. Notamos que había mucha producción y el mercado interno estaba saturado. Empezamos a pensar en el mercado externo pero nadie te conocía. Y la vida son relaciones. Empezamos a buscar compradores y un español amigo nos acercó a un cliente noruego. Nos pidió 200 toneladas y no sabíamos si podíamos cumplir. Me mandan la carta de crédito y nosotros no teníamos plata en el banco para financiarla. Todo lo invertíamos. Recuerdo que trabajamos como un mes para completar el pedido. Nos mandaron un técnico para asesorarnos y controlar. En esa época serían como 5 mil toneladas de ahora. Un movimiento tremendo. Hasta el intendente vino al embarque. No existía la idea de exportar. No había mail, fax, nada. La operación se cerró por teletipo. Salimos en 10 camiones por la Ruta 2. Tardamos como 15 horas. Nos esperaba un barco carguero, donde el pescado viajó 45 días a 20 grados bajo cero.

RP: –¿Se acuerda a cuánto vendió esas toneladas?

JG: –Nos pagaron 800 dólares por tonelada. Comenzamos con 21 cajones para hacer filet y terminamos en la época de mayor esplendor, a mediados de los ´80, con 40 toneladas por día.
Luego de esa primera experiencia, al cliente lo mantuve durante casi 20 años. Y comenzamos a recibir pedidos. A cada barco carguero le poníamos 500 toneladas. El pescado que no tenia frío, lo volvíamos a traer a Mar del Plata a darle más frío. Una locura. Después comenzamos a mandarlo por tren. Salía a las 9 y llegaba a las 16. Paraba en todas las estaciones. Era lindo eso…

RP: –Otra vez el negocio pasa de escala y había que amoldarse.

JG: –El pescado no alcanzaba para toda la industria que había por lo que tuvimos que aumentar la flota. Los clientes en Europa me gestionaron posibilidades para traer barcos de allá. Viajamos con Ventura a Holanda, pero eran barcos que pescaban y salaban a bordo, no nos servían. El ya tenía Polo Sur y una conservera sobre la calle José Hernández, cerca de la planta de Barillari. Terminamos en Francia, en Boulogne sur Mer. Vamos al puerto y quedo encantado con un barco. Al otro día tenemos una reunión, pregunto por el buque y me dicen que estaba abandonado porque el gobierno fomentaba la actualización de la flota. Era el José Menneses. Así traje al Pier, el Margot, el Nelly, el Virgen María, que ahora tiene Solimeno. Los Sirius II y III. El Armonía, el Cabo Corrientes, el Santa Bárbara. Llegue a comprar 16 barcos en Europa. Los pagábamos a mitad de precio porque allá se los sacaban de encima. Con muchos clientes lo pagábamos con pescado. Al “Cecilia” lo compré en el aeropuerto de Barajas, sin plata ni nada. Ya tenía una trayectoria. Ahí mismo firmamos todos los papeles. Antes traías un barco de afuera y todos se ponían contentos. Después que abrimos la puerta, otros empresarios compraron los suyos.

RP: –¿Tiene calculado todo el dinero que pasó por sus manos?

JG: –Se ganó mucha plata, se repartió mucha plata y muchos se quedaron con plata. Habíamos crecido mucho y eran tan grandes los movimientos que se hacían que aumentaba el riesgo de que roben. Es normal y estaba dentro de los costos. Ahora creo que hay más controles.
Nosotros creamos un banco, el Regional Patagónico, teníamos una harinera, llegamos a tener 1.300 empleados. Comprábamos tres autos Torino por mes para los capitanes de los barcos. Generábamos un movimiento económico importante para la ciudad.
No creo que hayamos dilapidado dinero. No te olvides que somos hijos de tanos pobres y un dólar o un millón lo defiendo de la misma forma.
No nos caímos porque malgastamos el dinero, sino porque el gobierno dejó de acompañarnos. La famosa tablita de Martínez de Hoz generó que la deuda financiera que teníamos creciera de manera desproporcionada. Necesitábamos créditos para poder seguir creciendo. Llegué a subir ¿adónde? al Intendente de entonces para que me acompañe a ver al Ministro de Economía porque nos estaban ahogando financieramente. Eso y el cambio en las relaciones laborales, más los juicios que debimos afrontar, nos condujo a la quiebra.

RP: –¿La relación laboral con el SOIP cómo fue en esos años?

JG: –Nosotros montamos una escuela de fileteros. Teníamos una mesa grande en Esdipa donde los hacíamos practicar. Si en una semana no cortaban bien, no servían y llegaban otros. ¿Cómo te creés que pasamos de 21 cajones a más de 1500 por día? Todos trabajaban en función del pescado que había. Por producción. Se ganaba muy bien y nosotros nos preocupábamos por su desarrollo. Llegamos a tener 300 fileteros Pero después aparece Abdul Saravia y la situación no fue la misma porque comenzó a luchar por la garantía horaria. Abdul fue compañero mío en la primaria. Siempre vivía en penitencia. Era el burro del grado. Pero fue muy hábil y logró ese invento de la garantía que no pudimos afrontar.
A mi me obliga López, su ladero, a que firme el acuerdo por la garantía. Me muestra la culata del revólver. Firmé, pero al otro día cerré las puertas de la planta. Después me pedían por favor que abriera. El pescado que había no alcanzaba, la industria se había hecho grande, había mucho mal tiempo y los barcos no alcanzaban. Después vinieron los juicios. Nos cansamos de pagar a abogados que compraban todos los juicios laborales por poca plata y a nosotros nos exigían mucho más.

RP: –¿No hubo forma de evitar la caída?

JG: –Si el Estado te da la espalda, si la propia industria tampoco te da una mano, es muy difícil. Veía que me iba a fundir pero dejé todo adentro, el gobierno no nos ayudó más y todo se perdió.
En el peor momento los japoneses vinieron a buscar el calamar, el canon se los paso a los frigoríficos. Con esos subsidios los frigoríficos mejoraron la situación. Era mucha plata y muchas empresas grandes se beneficiaron.
Luego aparece el acuerdo con la Comunidad, pero ya no tenía fuerzas para seguir. Me habían cascoteado bastante. Me quisieron dar tres barcos de España para que los maneje, pero les dije que no, estaba mal, cansado.
Y la industria se recuperó, pero ya lo miraba todo desde afuera. En una década y pico se ganó muchísima plata. Los volúmenes eran otros, con barcos que hacían 1.200 toneladas de congelado cada 30 días.
Una cosa es un proceso solo, como pescar, y otro proceso, producirlo. Acá se ahorraron un proceso, pescaban y procesan a bordo. Fueron años de gloria. En nuestra época de esplendor llegamos a facturar 2,2 millones de dólares por mes. Ahora cualquiera lo hace.

RP: –¿Sigue ligado a la industria?

JG: –Sí, volví porque tuve necesidad de trabajar. Después de tantos años me tomo las cosas con calma. Prefiero mantener una amistad que hacer un negocio. Si no nos ponemos de acuerdo, prefiero ir a tomar un café, no hay problemas.
En estos últimos años he comprobado que la palabra no tiene el mismo sentido para algunos empresarios que para mí, pero a partir de esa situación he recuperado viejos clientes amigos. Sigo siendo un broker que le encuentra comprador a cualquier tipo de pescado. Trabajo con mis hijos, disfruto de mis nietos. Mi familia me ha acompañado en todos estos momentos y es invalorable su apoyo. Creo que el caladero se está perdiendo y lo están cuidando muy mal. Antes no imaginaba que mis nietos podrían no conocer la merluza como yo la conocí. Ahora es muy probable que eso ocurra.
  
 
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Karina Fernández
La situación del INIDEP es lamentable. Desde que en agosto de 2009 Oscar Lascano abandonó la dirección, no se ha vuelto a cubrir el cargo. Debido a paros, conflictos gremiales o certificados de navegación vencidos, los buques de investigación apenas han navegado, desde 2007, durante cien días. Este año sólo se han realizado dos campañas, una de langostino y otra de merluza.

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